|
El tiempo, igual que el agua, se nos escurre entre las manos sin prestarle atención.
Bueno, arrieritos somos.
Los signos más desdeñables de nuestro tiempo como la indiferencia, el despecho egoísta y la alegría no compartida estallan en los salones del silencio, frente al televisor.
La mayoría de los que peinamos canas nos sabemos abismalmente distanciados de la generación de las risas y la mórbida libertad sin límites ni fronteras.
Y arrieritos somos.
Arrieritos con la lluvia de la noche anterior pegada al barro. Arrieritos por una senda que, según el poeta, no hemos de volver a cruzar, pero en la que nos encontraremos inefablemente fustigados por el destino, aunque sea con otros nombres, otras caras, otras manos...y otras calles, edificios y plazas.
En los pasados días festivos, me desplacé a nuestro pueblo empujado suavemente por la nostalgia de los felices años de mi niñez y adolescencia, y el impetuoso deseo de verlo espléndido como siempre.
Caminé recorriendo la cruceta de sus calles, número a número, esquina a esquina, manzana a manzana, tentación a tentación... Y, a cada paso, el alma se me caía al suelo. Aquella no era la Isla Cristina que llevo en el corazón. No lo es.
Me pareció un deteriorado estudio cinematográfico, desangelado y sin gente. “Es que en estos días de fiesta la gente se marcha por ahí” me dijeron. Bueno, pero ¿y los edificios? ¿y los comercios decrépitamente cerrados?. “En ese aspecto (continuaron diciéndome) es verdad que nos vamos transformando en un chinatown”.
Creo que hasta las palmeras se encogieron con mi estremecimiento.
Mi Isla Cristina, la nuestra, la amada, cantada, piropeada, enardecida no era aquello que mis ojos se negaban admitir como real. Y para muestra, un botón: la antigua farmacia de Roselló cerrada a cal y canto y abierta a patadas en un inverosímil saqueo, o las tiendas de la calle del Carmen, descascarilladas por el abandono... Podría continuar, pero...
Arrieritos somos.
Arrieritos en el afecto, la ternura y la añoranza.
Arrieritos que, tras dos o tres generaciones, nos sentimos (con nuestro “exagerado cariño”) relegados al relevo ocupacional de los trastos viejos y sensibleros.
Arrieritos desconcertados por la brutalidad de los cambios desbastadores de nuestro espacio.
Sí. El tiempo, como el agua, se nos escapa de entre las manos, queramos o no.
Así que ni más ni menos, ni más altos, ni más guapos, ni más ricos... porque al final, arrieritos somos y en el camino, junto al edificado bosque de nuestra vida (patios, comercios, posada de arrieros, muelle sin verjas) habremos de reencontrarnos, nosotros y los que algún día lleguen a la sensiblería tonta que ahora nos embarga.
 |